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viernes, 17 de junio de 2016

El padre (Carta a las pequeñas)

Prefiero llevarlas al colegio, con el reverendo ritual que significa levantar mi humanidad, ligera en kilos, pero con sobrepeso de problemas, despertarme sin que ustedes lo noten (un elefante hace menos ruido que mis pasos trastabillantes en la oscuridad), arropar sus cuerpecitos para que duerman treinta minutos más, asear y retocar el cuerpo para verse presentable, presuroso beber una taza de café, luego despertarlas de sus ensueños, vestirlas (buzo o falda, dependiendo del ánimo), vigilar que tomen desayuno, que se laven los dientes con una desesperante paciencia, peinarlas a mi manera ( no basta con una coleta. Tiene que haber flequillo, mojado, partido a la mitad, con moño blanco o rojo, alternando), sacar el carro, subirlas, ajustar las maletas y esquivar el tráfico para que lleguen temprano (hasta ahora, 80% de veces llegamos antes de que abran las puertas del colegio). Luego de la despedida a cada una (una pide abrazo, la otra pide beso), enrumbar a la caótica vida de conductor, para llegar temprano al trabajo. Una vez llegué tarde, hace un año (única vez en mis doce años de labores), y fue porque se demoraron en peinarse. Algunos que me escuchan opinan que una movilidad sería lo mejor, así ahorraría tiempo. Pero perdería momentos, les refuto. Así, al menos gano sus mañanas.

Tengo dos trabajos, los cuales me permiten almorzar con ellas casi todos los días, para escuchar sus quejas o sus novedades, o solo para verlas comer, aun cuando la abuela quiera crucificarme por permitirles dejar un poco de ensalada. Para mí, basta y sobra. No hay necesidad de llevarlas al extremo de limpiar el plato, o considerarlas en riesgo nutricional. Aunque la abuela sentencie una severa desnutrición porque falta comer un grano de arroz, me siento feliz al verlas satisfechas, gracias al trabajo que hacemos.

Me encanta estar por las tardes, aunque solo me usen como una muralla para un castillo imaginario, o que me digan que estoy muy gordo. O que los ponys de plástico me caigan sobre la cabeza, o que me quieran pintar con plumón la cara solo para decir que soy un puerquito. Se que, en el preciso instante que me siente en el sofá, aparecerán para ver que estoy haciendo. Me basta con escuchar sus risas, hondas, gordas, extensas, asfixiantes, de satisfacción. Es suficiente con saber que estuve allí.

Prefiero que se molesten conmigo cuando les reprendo porque se pegaron. O porque se molestaron, o porque no querían bañarse. Prefiero eso, pues luego las risas nos dejan dulzura. Incluso, cuando calmo sus pataletas, con abrazos, o seco sus lagrimas, me convierto en un nuevo padre, un poco apaleado por la molicie de la crianza.

Prefiero que digan que soy un ocioso, que trabajo poco o menos que el resto de mi generación, que solo tengo dos trabajos (otros tienen cuatro), o pasar algunas penurias económicas, atascado con algunos bancos. Lo prefiero. Pues ningún dinero me puede comprar el tiempo que paso ellas, mis hijas. Me encanta. Lo disfruto, aunque cause estrés o sordera súbita por tantos decibeles agudos.  Les hago canciones, nos hacemos canciones, nos hacemos cuentos, nos reímos. Me basta. No sé si estoy equivocado. Lo único que sé es que me gusta hacerlo.

¿Cuántas constelaciones hemos descubierto juntos? Capricornio, Tauro, Virgo, Leo, los planetas Marte, Júpiter, Saturno, Venus. Hemos viajado más allá de nuestras fronteras. Estamos juntos, en este viaje, sabiendo que parte de mi alma se va con ustedes, energías que no recuperaré. Lo necesario para que ustedes emprendan su camino.  

Amo la vida a su lado, desde el momento en que llegaron, desde sus primeras pataditas, desde que las vi nacer, cuando asistí a cada parto de su madre, cuando les cambié el pañal, cuando me desvelaba en arrullos, cuando miraba como psicópata al que se atreva a despertarlas, cuando me embarraban con papilla, cuando se cayeron de la bicicleta, cuando el perro casi las muerde, cuando…tantas cosas. Y recién van siete años.   
¿Feliz día del padre? No. Gracias por permitirme ser feliz como padre. Gracias.


¿Por qué consumimos "cultura basura"?

Introducción

Sentada frente a mí, una señora llora a mares porque su nieto, al que cuida, ha vuelto a cometer un delito: apuñaló al jefe de otra banda, por venganza. “Solo porque la muchacha del otro “piraña” (término usado para denominar a un delincuente juvenil) se metió con mi nieto, y tiene quince años”. Aún me horrorizo. Eso es bueno, digo para mis diálogos internos. Cuando deje de horrorizarme es porque he muerto.  Voy a intentar escribir las siguientes líneas en modo adulto, analizando los datos que he recopilado por la experiencia y la lectura neurobiológica e intentar darles una alternativa de solución.

Recolección de datos:

un colega enciende la radio donde un altisonante locutor pide al aire opiniones de “cuánto cuesta llevarse a la cama a alguien”, “usa adjetivos calificativos como “cabro” (cobarde u homosexual, en Perú). Lo secunda un licenciado en psicología. El tono de voz es crítico. Además, alcanza los sesenta decibeles o más (lo permitido es hasta sesenta para no ser tóxico).

Un colega me trae un diario de 0,50 céntimos (el más vendido) y lo deja sobre el escritorio. “Ya vi la calata”, menciona con satisfacción.

En el consultorio, en plena avenida Iquitos, los decibeles aumentan de 90 a 110 entre las 9 am hasta las 5 pm.

Redes: continúan las peleas por las elecciones. Algunos critican, otros quieren disculpas.

Metodología de análisis de datos:

El único computador capaz de procesar tal información es el cerebro. La forma de ingreso de datos es mediante los sentidos: vista, olfato, tacto, oído, gusto. Esta información sigue hacia la amígdala (una pequeña área cerebral situada en el sistema límbico) que regula cuantos datos envía hacia el córtex prefrontal. Mientras mayor cantidad de estímulo se le envíe, el cerebro va a regular el flujo y va a bloquear el acceso al córtex, de tal modo que se actúa de modo automático. Impulsivo. Si la amígdala está reducida entonces no será capaz de filtrar los estímulos, desviándolos directamente a la corteza prefrontal y varias regiones del cerebro generando las respuestas de ansiedad.

Hasta aquí, ojalá me hayan entendido. Sino, se los explico. La gran cantidad de estímulos visuales, auditivos táctiles, gustativos, que recibimos a diario, lleva a que se generen tres tipos de respuestas:

Conclusiones: 

1)      Bloqueo de córtex prefrontal: al bloquear el córtex, entonces los hechos morales quedan en un segundo plano, sin importancia. La justificación, y la racionalización, llegan para apoyar la homeostasis (equilibrio) del cerebro saturado.  Se pierde la capacidad de crítica.
2)      Mecanismos de recompensa: la sensación producida por una voz aguda, altisonante, por un cuerpo desnudo, tiende a desencadenar dopamina. El cerebro se hace afín a tal neurotransmisor. Por eso, lo vuelve a buscar. Por eso se explica que los programas hipercríticos tengan tanta sintonía. No es el contenido, es la forma como lo ofrecen. Eso tiene que ver, también, con colores.
3)      Un cerebro que usa el sistema límbico de manera frecuente, es un cerebro que deja de usar el córtex prefrontal. Por eso el fracaso de varios programas lectores. ¿Cómo se explica que los libros más vendidos en las ferias sean de artistas y no de literatos?

Muy bien. Esos son los hechos. Están explicados. Tiene que suceder algo terrible para poder desactivar el límbico y así lograr que la gente vuelva a usar su corteza.  Sugerencia:

1)      Dejar de estimular el límbico: no es sencillo. Puede ser que el programa no venda, puede ser que el periódico que te ofrecen en la peluquería ya no lo vuelvas a ver. ¿Pero eso va contra la libertad de prensa? Sí. Si al momento de informar sobre un asesinato o un accidente, los locutores mantuvieran un tono de voz grave, con escenas lejanas, breves, lograríamos algo.
2)      Los programas culturales no venden. Cierto. En nuestro país, desde los 80´s ya no venden. Ahí les dejo la tarea a ustedes. Solo me limito a proponer que dejemos de mirar otras culturas y promovamos la nuestra. La ley de puntos culturales es una buena alternativa.

3)      Miremos la estrategia de Elliot Túpac que, con colores del sincretismo, logró fusionar el mensaje.