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martes, 10 de noviembre de 2015

Avance de La paradoja Cane II

Estimados lectores: siendo difícil completar la entrega de la segunda edición de la primera parte (¡vaya paradoja!) les quiero invitar a leer los dos primeros capítulos de la segunda parte de la saga de "La paradoja Cane". Espero que les agrade. Derechos reservados por el autor.


1

Escondido tras los árboles de la avenida un hombre observa con detalle la escena. Viste sobretodo color crema y lleva algo cogido con ambas manos. Mientras, con pavor, miraba la nota del papel amarillento, abandonando su cuerpo al embiste de la mole de carga que le toca la bocina sin conseguir sacarlo de su trance. El joven salió expelido por el aire a varios metros de distancia. El oculto testigo no se inmutó. Antes de que el conductor baje de su unidad, el hombre del sobretodo dio tres golpes con su bastón a la acera. 1,2,3. Luego, fue marchándose de la escena con una escueta sonrisa en los labios. La paradoja continúa.

2


Antes del amanecer, aún con la modorra encima, el barrendero inicia su tarea de acopiar los trastes cerca de la ribera del río Delaware. Las amarillentas luces de algunos postes de alumbrado le permiten ver por los zócalos y las veredas salpicadas de papeles lanzados por noctámbulos transeúntes. La cancina labor a veces le ha llevado a toparse con algunas sorpresas. Pero con los años ya cambiando a sesenta en breve, jura que ha visto casi todo. Algunas veces encuentra billetes de veinte dólares, o de cien. Una vez vio una rata del tamaño de un gato, pero el mito pasó a ser burla entre sus compañeros. Pero lo que todos los barrenderos, y diría que es así en el mundo, es toparse con los mendigos y vagabundos que pernoctan en las bancas de cualquier parque o avenida. “Son parte del paisaje” sentenciaba el barrendero. A veces los mendigos se despertaban de alguna vertiginosa resaca antes que los hombres de limpieza les golpeen con las barbas de escoba. Algunos, los que recién llegan, son los que más tardan en despertar. Algunas veces nunca despiertan. Entonces empieza el procedimiento de comunicar a los jefes. Se apersonan los paramédicos, la policía, se constata la identidad, y se procede a retirar el cadáver.

El barrendero va desperezándose conforme los faroles rivereños cesan de brillar. El amanecer deja ver sus tenues tonos celestes en el firmamento. Con más ímpetu prosigue en su limpieza por la acera de la rivera. Divisa no lejos de su posición un mendigo echado en la banca. Sabe que llegará hasta donde se encuentra el individuo, lo cual le genera un ligero malestar pues topará la banca, y si no consigue despertarlo pues acudirá a darle algunos topes con la escoba. Prosigue con sus labores. Necesita limpiar la banca para  proseguir con su tarea. Llega al mendigo tendido en la banca y sin prestar mucha atención le da unos golpes secos a las gruesas patas de la banca. El vagabundo que está durmiendo sobre las maderas toscas de la banca no despierta. Al no lograr llamar su atención posa la escoba sobre la acera de mala gana y se dispone a moverlo con sus propios brazos.
-Eh. Amigo – el barrendero movió el cuerpo del vagabundo, pero sin respuesta. Al hacerlo notó que no presentaba resistencia de ningún tipo. Vestía un pantalón denin y un abrigo. Su cara era ovoide con un ligero decantamiento de sus facciones hacia la izquierda. El rostro era barbado, con gafas de pasta, gruesas. El cabello era escaso en la mollera. Aparentaba llevar unos cincuenta años de edad. De la comisura izquierda se desprendía un poco de salivación reseca por las horas. - Otro frío – lo zarandeó de nuevo, sin obtener respuesta. Entonces el barrendero hurgó en los amplios bolsillos de su uniforme la radio que usaba pocas veces. No estaba seguro si la batería poseía un poco de carga. Al fin la encuentra y la enciende. Busca señal y con la mayor naturalidad lo consigue.
-Central. Soy Rubén – el maduro barrendero envía el mensaje esperando una respuesta del interlocutor.
-Te copio.
-Un frío en la banca del rio.
-¡Otro! Enterado. Vamos en camino.
Rubén, el barrendero se acercó al cuerpo. Sabía que no debía moverle del lugar. A veces uno encuentra cosas sorprendentes, como un anillo, o unos billetes sueltos que, oh sorpresa, se caen de los bolsillos al suelo, y uno tiene que barrer, pues un billete de veinte o cien es papel que debe ir a la basura, o a algún otro lugar para darle buen uso. Al no ver ningún billete que caiga  para seguir con su función, hurgó en el abrigo del cadáver pero solo halló una identificación. La sacó con cierta desilusión. No era común que los vagabundos carguen con identificaciones pues eran seres sin mayor arraigo o desaparecidos o anónimos dementes que se refugiaron en una de las ciudades más pobladas del planeta. Si es algún anónimo paseante por lo general se les daba identidad al comparar las huellas digitales. Rubén miró la fotografía de la identificación y leyó el nombre en voz alta:
-Phillipe Troseau -hizo un gesto de sorpresa - Uhm. ¿Francés?
Sin encender la sirena de la patrulla las girantes luces de la patrulla policial se dejan ver. Con discreta premura, Rubén colocó la identificación en el bolsillo del abrigo del cadáver y simuló hacer la limpieza. Era lo habitual. Al acercarse los policías, Rubén cesó su tarea de limpieza e hizo un gesto con la cabeza para referirse al cadáver.

-Oficiales. Un frío en la banca. Tengo que limpiar – era como si a Rubén la escena le pareciese cotidiana. Los policías se acercaron sin prisa hacia la banca de la rivera del rio. Uno de ellos miró a Rubén.
-Hola Rubén, ¿otro frío? - sin hacer mucho caso al barrendero se acuclillaron para verle el rostro al cadáver.
-Sí. Lo topé con la escoba y nada.

Uno de los policías le palpa el cuello para constatar si  tenía pulso y siente un extraño escalofrío. De súbito retira la mano, asqueado por la sensación. El otro policía mira a su compañero con asombro.
-¡Qué te pasa!
-No lo sé. Cuando lo toqué sentí... - toma una pausa, algo contrariado- un vació.
-¡Venga! A revisarlo que es un muerto más. Ni que fuera un fantasma o un ser sobrenatural.

El policía se recuperó de la sensación y continuaron la revisión del cuerpo. Lo movieron, sin hallar respuesta, lo miraron de pies a cabeza.
-Tres horas de fallecido, supongo – dijo uno de ellos - Aún tiene sueltas las articulaciones-. Hurgaron en los bolsillos del cadáver encontrando la famosa identificación. Mientras el otro fue tomando las huellas digitales. Luego, de manera cotidiana, ambos policías miraron a Rubén.

-Adiós, Rubén. Gracias por la información – y se retiraron a su patrulla. Rubén solo alzó la mirada para asentir el saludo sin expresar palabra. Esperaba algún billete, pero no había nada.

Los oficiales llamaron a la central policial para que  se apersonen a recoger el cadáver. Luego, mientras ambos   revisaban la identificación, una aurora verde cubrió el cielo como una fugaz oleada de sur a norte. No le dieron importancia. Uno de los oficiales leyó en voz alta  el nombre de la identificación que poseía el cadáver.
-Phillipe Troseau. Uhm. Francés.
Luego, ingresaron a la base de datos mientras enviaban el escaneo de las huellas. Cientos de huellas digitales aparecían en la pantalla del ordenador hasta que en  una fracción de segundo se detuvo en una. Uno de los oficiales leyó el nombre en voz alta.

-Daniel Cane. Profesor universitario – Hizo gesto de extrañeza - Vaya. Un ilustrado que escoge la banca de un parque para morir.