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viernes, 3 de octubre de 2014

Los que quedamos

Cerré la trajinada puerta del cuarto de aislamiento pero me detuve antes a contemplar por última vez a mi amiga. Su rostro estaba parcialmente cubierto por una mascarilla transparente por la cual le llegaba el oxígeno vital. Respiraba con dificultad. Aun así tuvo la fuerza para alzar su pulgar derecho y esbozar una efímera sonrisa. Sus ojos estaban entrecerrados. Ya no vestía mandil. Ahora le llegó el turno de convertirse en una paciente de aislamiento en algún hospital de Lima.

¿Quién podía saber que los pacientes que atendió en su hacinado consultorio portaban la cepa tuberculosa resistente a antibióticos? A pesar del extremo cuidado que ella le ponía a su trabajo nunca falta una bacteria que se cuele por los microporos del polietileno y termine en el más ínfimo alvéolo pulmonar. Allí con el debido cuidado formará su casa, se multiplicará, qu
errá más y más, abarcará más alvéolos y luego un lóbulo, y luego el cuerpo. Las bacterias son ambiciosas. No se detienen al llamado. Son colonizadoras eficaces y basta decir que ni el fuego de un volcán, ni el ácido de las baterías ni las aguas insanas de un reactor nuclear son una barrera. ¡Qué será en el cuerpo de una médico adulta joven! Pues nada. A la bacteria no le importa pues no razona. Ellas se guían por el instinto. Ellas hacen lo que han venido a hacer: vivir y reproducirse. En su camino invadieron el cerebro y los riñones. Por ello ver su pulgar levantado me dice que aún queda algo de ella.

La conocí cuando estudiábamos en la universidad de San Marcos. Eramos extraños que convergieron en esa singularidad llamada facultad de medicina de San Fernando. Y recuerdo que me llamó la atención su belleza andina y lo liviano de su andar. Me enamoré de ella aunque no fue recíproco. Le dediqué varios poemas y cuentos donde ella era la protagonista. Era mi forma de inmortalizar a un ser amado. Amores de juventud, ilusiones pasajeras. El tiempo, los cursos y los grupos se encargaron de distanciar mi mente de las pasiones y amainar al adolescente.

Durante casi 20 años, habiendo vivido muchos gobiernos, puedo decir que el médico nunca estuvo en una peor situación a la actual. Somos un recurso humano reciclable. ¡Simple! Con el mismo sueldo por más de diez años llegó la verdad ineludible de que en nuestro país no vamos a lograr revoluciones científicas ni tener un mejor estilo de vida. Por ello, durante las décadas del 90 y el 2000 se dieron masivos éxodos de médicos peruanos al extranjero. Primero la meta eran los Estados Unidos. El contagio del “sueño americano” alcanzó las aulas estatales y era algo de cliché escuchar: “termina fisio y nos vamos juntos al ICPNA”. Grupos de diez o veinte estudiantes salían directo, sin despedirse, al estudio del inglés norteamericano. Pues ni bien culminaron medicina humana migraron a estudiar en los Estados Unidos de Norteamérica. Yo fui uno de los que se quedó. Culminé mis estudios generales de medicina y decidí quedarme. Siendo sinceros por mi mente nunca cruzó la idea de emigrar. Sea por falta de decisión o procastinación profesional, me quedé. Postulé a una vacante en el servicio rural en las alturas de Cerro de Pasco. Tuve la bendición de que mi puesto estaba en la vertiente oriental de los andes, allí donde el sol calienta algo pero no tanto. Fue una época de revelación. Las noticias me llegaban por el hilo telefónico: -Fulano se fue al hospital John Hopkins-. ¡Wow! Era como si los amigos que conocí estuvieran predestinados a la gloria. Mientras continuaba suturando heridas contusas y atendiendo partos, recetando jarabes y diagnosticando infecciones venéreas en los mineros. La década del 2000 se caracterizó por el éxodo de médicos a Europa. España se convirtió en la mamá gallina que acogió a cientos de colegas. Muchos amigos, reales compañeros de viaje por la vida, se fueron buscando un futuro mejor (y lo encontraron). Yo me quedé. Por aquel entonces contraje matrimonio: aquella rara infección de la que muchos se curan con el divorcio, tan de moda en épocas actuales. Contraer matrimonio me abrió la puerta a un estado diferente: lo necesario. El tiempo transcurrió y la psiquiatría me tomó en su pecho. Vinieron las hijas, creció el amor y se volvió real. Los empleos mejoraron: estaba subcontratado pero con cien dolares más en el bolsillo. Ahora que tengo hijas me siento con una responsabilidad hacia el futuro: quiero que ellas no pasen por lo que he pasado, que puedan caminar por las calles sin el temor a que una bala las atraviese de lado a lado. Dilema de adulto, frutos en la vejez. Decidí quedarme a trabajar en mi país. Hay mucho por hacer. Y como psiquiatra me siento abordado por una responsabilidad moral. Ingresé a trabajar a un hospital de Lima como médico especialista en psiquiatría.

Hace unos días me llamaron del piso de infectología. Era sobre una paciente que tenía tuberculosis XDR, esa que no tiene cura, a la cual hay que brindar cuidados paliativos y esperar. Con mi clásica postura despreocupada caminé hacia las escaleras pues tengo que hacer ejercicio. El sedentarismo mata más gente que el ébola. Miré la hoja de interconsulta para saber la edad y la cama mientras me desplazaba por los pasillos. Tenía 40 años como yo. Quizás tenga hijas como yo y esté atiborrada de créditos, igual que yo. De pronto me quedé estático y frío. “Ese nombre lo conozco” dije en voz alta. Era como una epifanía. A la velocidad de un parpadeo me invadió la emoción que calentó mi pecho. Tantos recuerdos de la juventud. ¿Será posible? Entonces apresuré la marcha y llegué al vitral que me separa del área de aislamiento. Las órdenes de bioseguridad están especificadas. Me puse un mandil más encima y cubrí mi rostro con una mascarilla. Cogí la historia clínica y vi su estado civil. Estaba casada y era madre de dos niños. Residía en Lima pero trabajaba como médico general en la periferia. La visión se me empañó. Era por las lágrimas que surcaban mi rostro. Estaba a solo un metro de la joven que me acompañó por muchos años a las clases de anatomía, de fisiología, farmacología, semiología, medicina interna, cirugía, ginecología y de pediatría. Busqué en mi banco emocional si es que quedaba algo por canjear de aquel vetusto pero hermoso amor y descubrí que ya no quedaba nada. Solo el más profundo respeto y alegría por alguien especial. Cerré la historia y caminé hasta la puerta de la habitación donde ella luchaba por oxigenar su cuerpo. Abrí la puerta y no pude aguantar el llanto. Lo disimulé para no despertarla. Ella estaba con los ojos entrecerrados. Me acerqué a su lado y le cogí la mano. Una débil apretujada de mano me correspondió.

-¡Hey! ¡Cómo estás! - fue lo primero y más idiota que he pronunciado jamás. Ella me miró con un cansancio que llevaba por años. Una lágrima abandonó su ojo izquierdo y siguió por la liguilla verde de la máscara venturi.
-¡Carlos... Vera... Camarón! ¿Aún.... escribes cuentos?
-Sí – estaba llorando mientras hablaba – y en ellos a veces apareces tú... - suspiré mientras ella hacía una pausa.
-Te... quedaste – lo hizo con dificultad.
-Sí.
-Pensé ...que te irías... eres de esos.
-Yo me quedé...alguien tenía que hacerte reir. Feliz día de la medicina peruana – le dije ya sin poder contener el llanto. Nos quedamos a vivir en el Perú. Nos quedamos a trabajar donde teníamos arraigo. Nos quedamos a soñar hasta que nos despertaron de un solo golpe.


Ella me cogió la mano con más fuerza y pareció adormilarse. La dejé descansar y me retiré en silencio. Antes de irme le di una última mirada. Éramos sanfernandinos. Estábamos para luchar hombro a hombro. Por eso nos quedamos.

Cuento "Los que quedamos" Carlos Vera Scamarone