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miércoles, 19 de noviembre de 2014

La esquizofrenia de "chiquirrín" - Jean-Baptiste Grenouille (El Perfume, de Patrick Süskind)

En proceso de corrección

El Perfume
Historia de un asesino

Patrick Süskind

Contexto literario:

La novela de Patrick Suskind engalana la literatura europea de los últimos treinta años con un arte olvidado: los olores. Con estas páginas nos remontamos al París del siglo XVIII, caldo de cultivo para la revolución francesa. Párrafo a párrafo Suskind nos pone en la cara un recuerdo maloliente o fétido de nuestro pasado. Sino como se explica el asco o la nausea ante sus descripciones banales pero efectivas, a veces sutiles y a veces tan rebuscadas. Patrick a la vez nos muestra una sociedad seccionada en tres estratos. El pueblo, maloliente, putrefacto, hambriento, expuesto a enfermedades crónicas, avejentado a pesar de su juventud y reclamando a gritos un cambio; los ricos, situados en el barrio de la Cité, al otro lado del río Sena; y la distante realeza, pocas veces mencionada, inalcanzable.
Es curioso que se mencione la descripción del pueblo como enfermo pues en aquel mundo tan disímil pero uniforme en miseria moral nace nuestro personaje. Algunos autores señalan que la epidemia de sífilis en Europa fue de tal magnitud que para el año 1770 ya muchos de sus habitantes sufrían de sífilis terciaria que sufrían de ataques epilépticos frecuentes, además de cambios en su personalidad, propios de esta etapa de la enfermedad. Tal vez, queriéndolo o no, Patrick Suskind nos describió la epidemia parisina de sífilis y sus posibles repercusiones en la revolución francesa, un hecho que cambió al mundo, y que tal vez tuvo su origen en una enfermedad.

Sobre el “Chiquirrín”

Como empezar a describir a Jean-Baptiste Grenouille. Es difícil ante la abundancia de datos de las primeras cien páginas de la novela. Para el autor su personaje, su creación es un monstruo genial. Incluso comparable con Napoleón. Pero le da el matiz respectivo al volverlo ignoto por magnificar el mundo de los olores. La ciudad de París es un personaje más. Llena de olores nauseabundos, sin medidas de salubridad, en medio de festejos reales, y abarrotada de gente a la busqueda de una muerte temprana.
Empezaremos por la madre de Jean-Baptiste: una mujer enferma que pare a Jean-Baptiste el 17 de julio de 1738. Una mujer joven, de aproximadamente veinticinco años, que salvo cinco natimuertos, “conservaba casi todos los dientes y algo de cabello en la cabeza y, aparte de la gota y la sífilis y una tisis incipiente”. La forma en la que Suskind nos describe a la madre de Grenouille nos sorprende pero para las crónicas de la época y los datos históricos es bastante coherente. La alta mortalidad, las guerras y la hambruna de la población han diezmado la edad media y llegar a los 30 es un reto de valientes. El nacimiento de Jean-Baptiste está consagrado por un acto de suprema maldad. Siendo inocente, un recién nacido, se le envuelve en el atroz fusilamiento de su madre.
Según las nodrizas que le cuidaban no despedía algún olor en particular. Nada propio o singular. Es sabido por los médicos semiólogos que algunos olores son patognomónicos de ciertas enfermedades, como la fiebre del heno, la fiebre tifoidea, la brucelosis. Incluso se menciona en la novela que algunas personas olían a gangrenas y a tumores malignos. La precisión que hace Süskind nos sume en un mundo cuyas siluetas están dibujadas por los olores.
El rol materno se ve interrumpido, tanto por ausencia de vínculo y apego como por la súbita muerte de la madre. El rol de cuidado lo ejercen varias nodrizas parisinas.
De ellas destaca la primera Jeanne Bussie, de la Rue Saint-Denis. Ella se queja de la voracidad del niño. Ella es la primera en notar la ausencia de olor en el niño, el cual era irritable e inexpresivo. Parecía no abrir los ojos y cuando lo hacía estaban cubiertos de una película blanquecina. Eso da una idea sobre algún mal congénito, quizás una sífilis congénita o algún tipo de hipoxia al nacer. Teniendo esa premisa nos es fácil poder dilucidar cual será el futuro que Süskind le quiere dar a su personaje.
Antes de proseguir quiero referirme al horror que sugiere la ausencia de olor. En la novela esa carencia se compara con la no existencia. Es normal que un ser humano, un animal, una cosa, tenga olor. Pero la carencia del mismo es comparado a una maldición o algo demoníaco.
Jean-Baptiste tenía un apetito límbico, voraz, que lo asía fuerte a la vida. Era como si se pudiese determinar en donde estaba la lesión de Jean-Baptiste. Si sometiesemos a Grenoulliee a una resonancia magnética identificaríamos una lesión de hiperfunción límbica o tal vez micro infartos en la sustancia blanca que modulan la respuesta cerebral.
Volviendo a la crianza. Grenouille no pudo tener mejor tutora que madame Gaillard. La mujer era inexpresiva en emociones, fría, no calculadora, sino anafectiva por una lesión frontal como se describe en la obra. Su padre le profirió un golpe en la frente con un atizador que le quitó el olfato y de calor humano. “La ternura le fue tan ajena como la aversión” escribe Suskind.
Si una persona incapaz de crear un vínculo, por una lesión frontal, se dispone a criar hijos lo puede lograr pues se limita a hechos básicos como la alimentación, el cambio del pañal, controles médicos, pero carecerá del amor que requieren los niños para crecer. Jean-Baptiste Grenouille no podía tener mejor mentor. Un ser inexpresivo criando a otro. Un ser que carecía de afectos criando a otro. Además, hay lesiones que agravaron más la condición de Jean-Baptiste. Sobrevivió a una caida de seis metros en un pozo, la varicela, el cólera, al sarampión y una quemadura en el pecho con agua hirviendo.
Todo esto le dio un aspecto particular. Le dejó cicatrices en el cuerpo, y le dejó un defecto al caminar. Jean-Baptiste subsistió de comidas frugales. Lo atesoraba como una garrapata atesora una gota de sangre. Hay particularidades que empiezan a fortalecerse en Grenouille. Su mutismo, el retardo en el lenguaje, el aislamiento, la pasividad. Tardó en ponerse de pie hasta los tres años. Nominaba los objetos por olores y su concepción y significado entrañaban su aprendizaje odorífero del mundo. Reconocía a las personas por sus olores. Pero otro rasgo era que le eran ajenos las nociones morales como responsabilidad, gratitud, Dios, y otras. Muchas veces tenía dromomanías (raptos por correr o escapar sin motivación aparente), posiblemente relacionadas a su retardo mental y rasgos autistas. Hasta aquel entonces la novela nos muestra a un Grenouille con rasgos autistas, psicopático, amoral retardado, con posibilidad de males congénitos, criado por una nodriza amoral y anósmica.

Grenouille caza olores

Cuando Jean-Baptiste cumple quince años sufre un horrendo despertar. Los adolescentes despiertan a la sexualidad mediante la masturbación o la excitación del sexo opuesto. Al tener a un joven con lesiones límbicas, múltiples retardos que fue compensando con el tiempo, amoral, con la única responsabilidad de seguir vivo y evitar el castigo, un ser casi parasitario, su despertar a la adolescencia no iba a ser normal. En el caso de la novela, Grenouille despierta una noche de festival cerca del Puente del Rey al percibir un hilo de perfume humano, una esencia que no había percibido nunca y que encajó todo su repertorio de aromas en un completo orden. Pero Jean-Baptiste quería ese olor. Quería poseérlo. Por eso se lanzó a cazar el delicado hilo de perfume y llegó pasando la orilla del Sena al barrio de La Sorbona. Para Jean Baptiste el hallazgo de la joven no fue lo m´pas importante sino el descubrimiento de que un cuerpo virginal podía expeler un aroma tan delicioso. Para evitar que la joven grite la ahorca con una contemplación patética. Una vez que puede oler hasta la extinción el aroma corporal de la chica se marcha sin remordimientos.
Cuando Giussepe Baldini le acoge como ayudante perfumista empieza la etapa de perfeccionamiento de sus fetiches odoríferos. La necesidad de poseerlos o de obtenerlos mas allá de lo que podía estar conteniendo le enloquecía. La idea de aprender nuevas formas para capturar los más efímeros olores lo llevan a Grasse a los 18 años y es en ese camino donde empieza un brote psicótico característico. Paranoide al principio, con ideas de asco a la humanidad, casi podía pasar como un misántropo. Al llegar al Plomb du Chantal sufre el éxtasis de la paranoia. Quería huir de los humanos y estaba convencido de ver por la nariz. Esto se llama sinestesia y acompaña con frecuencia a la esquizofrenia paranoide. Se aisla del mundo, vive de comer lagartijas, serpientes y líquenes. Sufre de éxtasis panaoides y megalómanos por momentos.

Me remito a las lecturas de Honorio Delgado sobre el pensamiento esquizofrénico. Jean-Baptiste Grenouille usaba el simbolismo primitivo. Esto le hace imposible separar sus afinidades por los olores, por las alucinaciones y su interpretación paranoide del mundo. En el clímax de Plomb du Chantal tiene poder mágico del pensamiento y la palabra. Tiene reificacion cuando no entiende de las metáforas que le narra Baldini. Al hacer los perfumes de los cadaveres de las mujeres tiene participación en el alma ajena. Las extravagancias y el amaneramiento también están presentes en este ser. Aparte de la frialdad para los afectos y los síntomas negativos, con conductas parasí
ticas y hasta urraquismo se puede decir que Jean Baptiste Grenouille sufría de esquizofrenia paranoide, si es que la novela se lee con énfasis en la mitad final del libro. Pero si le agregamos los antecedentes patológicos y el retardo con rasgos autistas se puede sugerir que su diagnóstico es un trastorno delirante de origen orgánico.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Todos los niños saben cantar

por Carlos Vera Scamarone

La llegada de un hijo genera gran expectativa y a la vez la posibilidad de realización de muchos padres. Los sueños por cumplir, las metas que faltaron alcanzar y los anhelos de perfección o rectitud constituyen una muda pero sólida muralla que se impone a los recién llegados. Y esta imposición puede generar un mejor acuerdo en las voces o, a veces, el mutismo del tenor ante la platea.

Según el Panchatantra, escrito en sánscrito en siglo II a.C. “Cada niño tiene escrito cuatro cosas antes de nacer: su hado, su riqueza, su educación, y el final de sus días”. Pues basándonos en estos preceptos así como el análisis transaccional de Eric Berne cada niño tiene el potencial para formar parte de la sociedad. El asunto determinante es la formación que le puedan otorgar los padres.

Las órdenes paternas (madre y padre) vienen matizadas de muchas formas. Pueden ser directas, claras y fáciles de entender como también pueden ser castrantes, disparatadas y hasta mortales. Pero los niños no saben otra cosa mas que cantar. ¿Cantar? Sí, cantar.

Me explico. Sea como sea el niño, tenga o no alguna diferencia, será el receptor de los acordes musicales de la familia. Tiene oídos aunque sea hipoacúsico, tiene voz aunque sea mudo, o puede ver aunque sea ciego. Los niños leen el lenguaje corporal, la voz, la entonación de la misma, y pueden “ver” mejor la emoción que predomina en una familia.

Hay padres que, gracias a la modulación de sus voces pueden incentivar al niño a encontrar sus propios acordes. Para ello debe llegar el momento en que ellos deban callar y esperar en silencio a que el pequeño ser se manifieste. Pero también hay padres que con sus voces de tenor o soprano pueden callar la expectativa del pequeño enmudeciendo. Eso lleva a que la voz se manifieste de otra manera. Sea como llanto, como ira, rabia, negación o desaprobación ficticia. Todo ello para encontrar alguna caricia, generalmente negativa.


Durante estos años que llevo en el mundo de la psicología y la psiquiatría he podido ver como los niños siguen el ritmo que les trazan sus padres y estoy seguro de que modulando el coro familiar conseguiremos que nuestro hijo escuche su propia voz.