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jueves, 15 de septiembre de 2016

Bajo el signo de Aries - cuento

Bajo el signo de Aries

Un cuento de Carlos Jesús Vera Scamarone

Sartana abandonó, con evidente frustración la sala de conferencias del consejo de Tau. Sus padres la recibieron con gestos de condescendencia. “Arriba ese ánimo”. “Recuerda las palabras de Joel, y anímate con su palabra”. Sus padres le movían los brazos para que se animara, pero Sartana, cansina, estaba decepcionada. A sus veinticinco años, lo que le esperaba en las labores de Tau era operar una máquina extractora de polvo, o trabajar en las cúpulas de expansión. Ese frustrante destino laboral se cernía sobre ella como si el consejo de Tau la hubiera tamizado bajo una batahola de burlas. Las frases del supremo le rebotaban en las sienes. “La nave de Joel era Jou, y punto. No se hable más”. A cada recuerdo, una negación con la cabeza. Mientras era escoltada por sus padres hacia el snack más próximo, unas presurosas pisadas resonaban cada vez más cerca. Al voltear a mirar se topó con un joven que portaba una tableta transparente de silicón. “Está encriptada”. El joven la dejó en las manos de Sartana, hizo una reverencia como Joel les enseñó hace cientos de años (consiste en colocar la mano cerca de la cara del más cercano, en forma perpendicular a la nariz y doblar la muñeca, en dos movimientos que simulen una bofetada).

Sartana miró a sus padres quienes, con absoluta ponderación, la tomaron por los hombros, para mirarla a los ojos.
-Si es tu destino, síguelo. Sé libre, hija.

Sartana puso el pulgar sobre la pantalla, y de inmediato, el micro escaner confirmó su identidad para luego verbalizar instrucciones.
“Ve al anfiteatro por la puerta de servicio. Me encontrarás ahí. Que Joel te acompañe”
Miró por última vez a sus padres antes de ponerse en marcha. Siguió las instrucciones de la masculina voz. Llegó hasta la sede del consejo de Tau, buscó la puerta de servicio, para proceder a seguir el pasadizo. Al girar hacia la puerta de emergencia que evacuaba el consejo, se encontró con Blad, el segundo al mando. Sartana estaba congelada por el temor. El hombre, usaba unas gafas oscuras, de lunas oblongas. Con algo de prisa dirigió un dedo índice hacia la joven.
-Descifraste el enigma, pero los que conversarás dentro, sólo será para tus oídos.

Sartana le asintió con la mirada. Blad se apartó de la puerta. La joven cruzó el umbral y el vacío de catedral medieval permitía que los pasos se oigan como una caja de resonancia.
“Acércate y siéntate” se escuchó. La voz venía del trono mayor. Un anciano giró la silla. Hasta ese momento, Sartana no sabía que las sillas eran giratorias. El supremo se levantó con cierta pesadez para sus sesenta años. Se masajeaba las cejas. Fue caminando hasta cerca de Sartana, y jaló una silla para poder dialogar con Sartana sin alzar la voz. La joven se mantenía en silencio.

-Usted, ¿cómo llegó a estas conclusiones? Puede hablar.
-Supremo líder, todo fue cuestión de comparar y revisar los archivos.
-¿Sabe que su conocimiento se cataloga como herejía? Al negarle el puesto de cronógrafa, la hemos salvado de ser desterrada. -el supremo dio un suspiro – continúe.
-Solo comparé las manifestaciones culturales de los cuatro planetas colonizados por Joel, y vi que las danzas religiosas o festivas se parecen.
-Hum.
-Y, mire – Sartana encendió el proyector holográfico donde aparecían las danzas de Tau, las de Utren, Rubén, y Héctor, los cuatro planetas colonizados por la nave Jou, procedente de la Tierra post humana – todas mantienen el mismo patrón de ritmo cadente, donde los danzantes giran en torno a un eje excéntrico en un solo tiempo. Para ambos lados. Por ello concluí que los colonizadores, Joel Ñuflo, Roberto Urrutia y Manuel Retamozo, provenían de una región de la estación espacial donde moraban los descendientes de la región sur del planeta Tierra.

El supremo mantenía el ceño fruncido mientras por momentos se animaba a decir algo.
-Continúe.

-Pues, me llamó la atención que durante los últimos cinco siglos, desde que somos una colonia de homo extraterrestialis u homo tauensis, se rinda culto al personaje llamado “el salvador moreno”. El mismo culto en los otros cuatro planetas – Sartana señalaba las imágenes de diferentes planetas en donde los habitantes veneraban la imagen de un hombre de piel oscura en una cruz.

-Esa imagen representa a un habitante de la Tierra primigenia, probablemente uno de los azules, y nos recuerda que pudimos vencer la muerte que representa.

Sartana se mostraba incrédula.

-Pero señor, no sé si el consejo pudo evaluar la nave Jou, y cuyos archivos solo son permitidos los del alto rango, y...

-Señorita Sartana Lav, míreme – ordenó el supremo, a lo que la joven obedeció de inmediato – en quinientos años, desde que los primeros colonos llegaron a Tau, nadie ha osado exclamar tal contradicción con la cultura que profesamos. Nadie ha contradicho la palabra de Joel. Nadie, ni siquiera yo – el supremo respiraba nervioso. No estaba furioso. Parecía que, por fin, estaba emocionado por hallar a alguien que lo pueda entender. - Lo que voy a mostrarle es una grabación rescatada de la nave de los colonos. Incluye fragmentos delas conversaciones de los navegantes, así como las imágenes holográficas del primer contacto de la nave con el planeta – el supremo volvió a mirar a la joven – sabe que después de ver estas imágenes, no volverá a pensar igual. Entenderá por qué nuestra civilización Tauensi ha vivido sin maltrato, y porqué veneramos la fecha de Aries, pues fue el tiempo en el cual se grabaron estás imágenes. Me veré forzado a tomar una decisión.

Sartana asintió con algo de temor. El supremo presionó un botón, que hizo una pregunta.

-”clave de acceso” - la voz femenina del ordenador solicitó con claridad.
-”arroyo”.

De inmediato a unos metros de ambos emergieron unas imágenes de los navegantes en la cabina. El diálogo estaba en lengua primitiva. La cabina era como las antiguas naves de los primeros colonos antes de llevar sus cromosomas a diversos planetas fuera del sistema solar. Uno de ellos era algo rollizo, y se notaba que el traje espacial le ajustaba. Colgada de uno de los mandos, una imagen del azul sacrificado, la imagen a la que veneran en los cuatro planetas.

-Pausa – la imagen se detuvo para que el supremo hable - Se trata del Cristo nazareno, venerado en el Perú. Una de las regiones sureñas de la región de América. Continuar – el holograma prosiguió. Un sonido empezó a brotar. “En los años 1600, cuando el tirano mando, las calles de Cartagena, aquella historia vivió”.

-No hemos determinado quién es el intérprete, pero menciona Cartagena, que es otra región sureña. Ambas referencias, el año 1600 y Cartagena, nos evocan a hace mil años, antes del fin, específicamente en la llamada era de Aries.

Sartana no salía de su asombro. Mientras, se escuchaba la conversación de los tres navegantes.

-El de la derecha es Manuel, el intrépido. Nuestros libros de historia no resaltan sus cualidades. Provenía del Brasil, en América del Sur. El del medio, el más rollizo, era Roberto Urrutia, el alegre. Y el de la izquierda era Joel Ñuflo, el sabio. A los tres le gustaba las melodías del puerto del Callao. La llamaban salsa o música afro-latino-caribeño-americana. Una mescolanza. Y para finalizar, esta última captura del holograma. Mire como bajaron a Tau.

Se podía ver como el suelo de Tau se aproximaba, sin mayor rastro vital. Luego algunas, exclamaciones coprolálicas de los navegantes. “Tamare, por fin, huevón. Ya me dolía el culo”, “pero si tú no pesas, gordo”. “Ya, pe. Bajamos”. “Aguanta, cholo, pon música”, “con bailadita”.

-Descendieron, y la nave procedió a captar la imagen y sonido. Luego realizaron la danza que usted puede ver en los cuatro planetas.

“Dice, no le pegue ala negra” mientras los tres astronautas clavaban la bandera terrícola en Tau, para luego realizar un movimiento coreográfico meneando la cadera girando en círculo con los brazos extendidos. Luego, bajo el ritmo de la salsa, empezaron a dar pasos rápidos continuando la coreografía. “No, no, no, no, oye, que a la negra se me respeta”.

-No podemos ver sus rostros pues usaban cascos. Pero esa es la danza ritual que aprendimos los Tauensis. Luego, decenas de pasajeros que iban en la bodega de carga, ataviados con los trajes, fueron descendiendo. Miraron Tau, por primera vez – el holograma se desactivó – entiende ahora que las imágenes, las danzas, todo se debe a los navegantes.

-Sí, pero...
-¿Tiene dudas?
-Sí. La nave, ¿se llamaba Jou? - Sartana aún tenía miedo.
-No. la nave se llama Joe. No sabemos el nombre del interprete, pues los navegantes se dedicaron a las labores propias de instalar una colonia humana. Pero nos legaron algunas pistas. Al cabo de dos años terrestres, Manuel viajó a Héctor, para fundar la segunda colonia. Y así sucesivamente.

-Y ahora, ¿qué hará conmigo?

El supremo la escrutó con algo de condescendencia.

-Bueno, ahora que sabe esto, explicando el porqué de las cosas, no puede divulgarlo a nadie. La asignaré al área de colonización en el gran consejo Tau. Sólo si acepta. Sino, tendré que recluirla en la prisión hasta su expulsión al espacio exterior.

Sartana tragó saliva.

-Acepto encantada. Muy bien. El señor Blad la escoltará con su familia para que se despida. La esperamos.

La joven procedió a abandonar el recinto. El supremo, en la soledad del consejo Tau, extrajo de un ánfora, varias páginas decoloradas. En ellas, los rostros de varios hombres, antiguos terrestres. Leyó sus nombres: “Héctor Lavoe, Joe Arroyo, Rubén Blades”. De pronto, los acordes de Pedro navaja sonaron el anfiteatro del consejo Tau, en la constelación Libra, a cuatro años luz de la Tierra. El supremo, fijándose si alguien lo veía, puso un pie en punta, sacudió la cadera, y se abandonó a las sagradas notas de la salsa.