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viernes, 29 de julio de 2016

La bravata del enano (Cuento escrito en el 2012)

Escrito el 20 8 12
Me llama la atención el silencio característico de estos  primeros días de gobierno. Da la impresión que no hay idea de cómo hacerlo:


El enano vociferaba disléxicas bravatas. Su demagogia exultante hacía contraste con su estatura. Llevaba años enarbolando el estandarte de guerra contra la corrupción, contra la desigualdad social y la cacosmia que hedía en la política impuesta por los gigantes. Según el enano, los gigantes resultaban seres abyectos, ruines, ladrones de cinco esquinas, reos prófugos cuyas madrigueras estaban copadas de oro. Durante su lucha hizo denodados esfuerzos por codearse con extranjeros gigantes, altos y con un verbo capaz de amansar a cualquier búfalo descarriado.
Sin embargo, su escaso repertorio léxico, la sarcástica procacidad de sus líbelos y la irritante matonería con la que se refería a los gigantes de su país resultaba antipática a otros, incluso a gente cuya estatura caía en el promedio. Otros enanos se le unieron. Incluso protagonizaron revueltas, que costaron varias vidas, de hombres, de gigantes, y de enanos que le siguieron en la funesta guerrilla.
El enano, vistiendo de rojo, aprovechaba las plazas públicas para enardecer multitudes y continuar el reclutamiento de conscriptos, que aún aguardaban con esperanza un cambio en el país de los gigantes. Era cierto. Por más que los panfletos exaltaban la igualdad entre todos, la realidad se encargaba de desmoralizar a cualquier ciudadano. Pero el enano se había centrado en el grandilocuente gigante, opíparo.
Tanta bravata, baldón y afrenta lograron que el gran gigante, el presidente del país, alce la ceja izquierda, de un bostezo y se encamine a lento ritmo hasta el palco para anunciar: puedo impedir que llegue al poder quien yo quiera. Aclamado por sus lacayos, por sus escribanos, se retiró a sus aposentos, mientras su altísima testa partía en dos las nubes de la estratósfera. Desnudo, al parecer sin tomar importancia, zarandeaba sus macilentas grasas con cada paso, hasta volver a sus aposentos.
La megalómana aseveración, puso en alerta a los enanos, quienes, de inmediato, se vieron forzados a escoger un líder que represente sus derechos. Fue entonces que, por bravura o por desengaño, que escogieron al enano. Fue aclamado como el Gran Enano.
Buena parte del país aclamó al Gran enano pues proyectaba la seguridad de ser capaz de luchar cuerpo a cuerpo contra el gigante. Movimientos nacionalistas de hombres de talla mediana se sumaron al movimiento del Gran enano. “Hay que luchar contra el Gigante. No somos ciudadanos de segunda clase”.

Un día, el Gran enano retornó a su madriguera y al intentar cruzar el pórtico su cabeza golpeó contra el dintel. ¡Que pasa! Consternado visitó a un médico. El galeno luego de escrutarlo, de medirlo, no solo una sino casi diez veces, movió la cabeza en consternación:
-Es un raro caso de aumento de estatura. – Dándole palmadas en el hombro aseveró - No se preocupe que pronto recuperará su chatura.
Su padre, que había acudido junto a él a la cita le preguntó al galeno por las causas de tal desorden.
-Tanto juntarse con gigantes, o pretender serlo, genera estos extraños síntomas. Pero retirándolo a tiempo, remiten sin dejar huella.
El enano dudó. Acostumbrado a las bravatas, esta vez, no le salía ni pío. Caviló. Acostumbrado a ser guiado por la biliosa testa, no pudo renegar. Disimuló una sonrisa de paz. Por dentro las dudas lo embargaban. El terror en convertirse en un gigante, contra quienes luchaba, apretaba su respiración. Fue a sus reuniones gremiales y los demás no notaron la diferencia. Se rodeó de antiguas guerreros que lucharon antiguas batallas contra los gigantes. Los viejos desenvainaban sables profiriendo maldiciones contra los colosos. Los rencores, diatribas y más, hedían en el aire de los salones de techo alto, las antiguas casonas y las covachas marginales donde otras personas se reunían contra los titanes.
Un día llegaron desde una calurosa región un grupo de hechiceros. Traían un arte desconocido para el Gran Enano. “Podemos enseñarle la forma de derrotar a los gigantes” dijeron. “A cambio sólo pedimos que se acuerde de nosotros cuando llegue al poder”. El Gran enano aceptó. En una casona se llevó el ritual de transformación. Los hechiceros rodearon al enano y agitaron maracas y espadas al aire. Sus sombreros aun no delataban quienes eran en realidad. Conjuros en lenguaje portugués, brebajes amazónicos, y una gran dosis de energía rodearon a Gran Enano. Sus ojos perdieron brillo. Dolores de hueso roto, ira, respiraciones agitadas, y el Gran Enano cayó al suelo inconsciente. Al despertar subió la mirada e intentó gritar. Su voz parecía un maullido.  Al pararse, los hechiceros miraron con orgullo al Gran Enano. Su estatura había cambiado. Era más alto. Entonces lo llevaron con el Hechicero de los Gigantes, el gran Richellieu. La fama era que, en la sombra, Richellieu formaba parte del despótico gobierno de varios gigantes. La mirada de desprecio cambió al ver que el Gran enano maullaba. “Ha cambiado” le comentó en secreto al Gran gigante. Como gesto de aceptación e incorporación a la sociedad recibió un santo rosario. “Solo promete, no te preocupes del mañana, vive el momento” aconsejaron los hechiceros. El Gran Enano entonces habló con poca elocuencia, pero con mucha convicción de sus promesas si llegase al poder del país. “nadie los echará de sus tierras, no más abuso de los gigantes, leña barata sin talar más árboles, no atacaremos a los colosos, sino que trabajaremos junto a ellos” prometía hasta las lágrimas en cada discurso. Llegó el día de elecciones en el país y el Gran enano ganó.
Cuando recibió la noticia el Gran enano saltó de regocijo, sus familiares le saludaron. Su padre, el anciano quijotesco, salió de la madriguera a declarar “llegó la gran trasformación”. Su hermano, un enano pirómano, que incendió y mató a muchos hombres, se las ingenió para salir a declarar. En las calles la algarabía batía las calles con ritmos.
Llegó el día que el Gran enano juraría por Dios defender el país. Esa mañana se levantó de la cama temprano y quiso salir a trotar. Pero grande fue su sorpresa que al ajustárselas zapatillas sólo entraba el dedo gordo. Intentó ponerse la sudadera, pero se le atascó en los antebrazos. Se asustó. Se había convertido en un gigante pequeño. Su mujer mostró un poco de temor. ¡Qué te ha pasado! Exclamó preocupada. El pequeño gigante la vio diminuta. Llamaron a los hechiceros, pero estos no acudieron. En secreto fue a ver al Gran Gigante que salía del gobierno. Conversaron. El Gran Gigante lo veía con lástima. “Te dejo el encargo de que sigas el progreso del país y cumplas tus promesas”. El pequeño gigante, presuroso, le preguntaba con miedo sobre el manejo del gobierno del país. El Gran Gigante lo invitó a seguirlo a una sala contigua a su despacho. Al entrar hablaba sobre las labores que debía cumplir un gigante con su país. El enano miraba perplejo las listas infinitas de responsabilidades a su cargo. El Gran Gigante le preguntó sobre como lograría leña barata sin talar un árbol. El pequeño gigante contestó que no sabía pero que sí se podía hacer, a lo que el Gran Gigante respondió con una carcajada. Luego le preguntó sobre cómo lograría dar dinero a los pobres, a lo que el pequeño respondió que sacaría oro de un lado para dárselo a otro. El Gran Gigante rio con tal estruendo que muchas pizarras de la sala cayeron.   “Bueno pequeño Gigante, le dejo para que se familiarice con el encargo, hasta pronto” dijo el Gran Gigante mientras salía del despacho. El pequeño Gigante le perseguía con preguntas, pero el Gran Gigante sólo reía como poseso de una locura feliz. Al cerrar la puerta del despacho el pequeño Gigante vio la inmensidad de su encargo y se supo enano por dentro. "Es demasiado" pensó. Entonces escuchó que alguien llamaba a la puerta. Al abrir vio la silueta de los hechiceros. “Hemos venido a reclamar nuestra paga” susurraron al oído del pequeño nuevo Gran Gigante. “He enviado a mi hermano a sus tierras a ofrecer convenios con el rey de los Hechiceros” dijo. Los hechiceros se miraron con alegría. Lo abrazaron, lo estrecharon y saludaron Incluso lo presentaron en público y lo llevaron a surcar los cielos a visitar a otros Gigantes.

El Gran enano que se convirtió en Gran Gigante se sentó en el trono y notó que aún le quedaba grande. Salió al balcón, miró las calles y divisó gente pequeña. “Esos enanos” masculló. Miró sus manos y vio que era un pequeño Gran Gigante. Nuevamente el miedo estrujo su corazón, lloró porque no podía cumplir sus promesas y se sumió en silencio.

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