Google+ Followers

lunes, 5 de octubre de 2015

Homenaje al mártir Daniel Alcides Carrión

De Carrión sea dicho mucho, se ha escrito mucho, se han llenado tomos contando anécdotas, algunas inverosímiles, y otras cruentas que servirían como reemplazo de algún cuento de horror de Lovecraft.
Las palabras que a continuación voy a exponer son fruto de estos mitos y leyendas, pues muchas de las frases pregonadas por los panegiristas sobre el mártir han partido más del seso febril, ansioso por descubrir un camino que ha estado plagado por el caudillismo, o para alentar a un famélico grupo de profesionales, en su lucha por continuar en este ingrato camino llamado medicina humana.
Daniel Carrión, quién nace en las aturas inhóspitas de Cerro de Pasco, un 13 de agosto de 1857 no fue ajeno a la afluencia del preciado oropel extraído por siglos del tajo y en los socavones.  Las diferencias sociales se atestiguan hasta el presente, para quienes hemos vivido un tiempo en las aturas de Cerro de Pasco. Tuve la suerte de hacer mi servicio rural en las alturas de cerreñas, donde cada latido se lleva un poco de vida del extraño, y atestiguar qué, cerca al gran tajo abierto, se levanta una joya de la arquitectura de corte europeo como es la “casa de piedra”, sede de nuestra gerencia departamental de EsSalud Pasco. Y a escasos metros del hospital II de Cerro de Pasco, el asentamiento humano, inmenso, informe, como una gran cobija armada con retazos de la vida de cada familia, de cada ser humano que habitó aquél paraje desde el siglo XVI. Las ansias del conquistador por la plata llevaron a la pronta fundación de la ciudad o Villa de Pasco.
Cerro de Pasco parece una ciudad muerta por la mañana, de no ser por el mercado que se llena de comerciantes que hablan con un siseo característico.  Imagino de Daniel era como ellos, de una recia personalidad con la que tuvo que abrirse paso entre los jovenzuelos de su edad. Algunas veces liándose a golpe de brazo, pues la clásica forma de pelea en las alturas es con el dominio de los hombros. Algunas veces hablando entre susurros, nuestro Daniel se abrió paso entre la muchedumbre.
Se dice que Daniel tuvo un contacto precoz con los pensamientos extranjeros y su  diversidad, por aquel entonces muy emparentado con el darwinismo social propalado por la ciencia para segregar las clases sociales y separar en razas a los seres humanos. Pero no le podemos atribuir a nuestro mártir tal halago. Lo cierto es que, como hijo no reconocido de un padre, médico y abogado, su crianza estuvo a cargo de su madre. Las vicisitudes que tuvo que pasar la señora debieron ser inmensas. Mantener a un hijo, sola o con ayuda, en las alturas es labor más que oficiosa y de ingenio.  Tal vez por eso el precoz desenlace. Quien vive en Cerro sabe que allí el único futuro que le espera es asistir a la escuela para luego sobrevivir entre la miasma de la neumoconiosis o las intoxicaciones por plomo, sin contar al vil licor. Por eso, el acto de llegar a la capital era urgente. Daniel tenía un destino diferente.
A los 14 años, Daniel sale de Cerro de Pasco, quizá entre las mulas de carga que venían a la costa, con el afán de continuar sus estudios secundarios en el colegio Nuestra señora de Guadalupe. Demás está decir que fueron notas excelentes.
Sin embargo la realidad nacional era bastante lúgubre. La injerencia inglesa sobre Chile para la apropiación de las reservas salitrosas y guaneras del sur empezaba a cebar el polvorín que terminó por estallar con la guerra del pacífico.
Los estudios de medicina, en la facultad de San Fernando estaban en una debacle tanto de infraestructura como de maestros. La enseñanza de la medicina atravesaba pues una de sus etapas más oscuras. De esta parte podemos colegir que, en nuestro país, la educación médica, y la educación en formación de valores han ocupado un rol secundario, muy acorde con los intereses políticos que cada gobierno pretendió.
En San Fernnado los estudiantes debían llevar sus pupitres para poder hacer las clases. Y Daniel Carrión, con su acento serrano, propio de sus raíces, se las vio difícil. Manuel Pardo llegó al poder, y la juventud civilista, culta, adoptó las ideas positivistas, y del darwinismo social. Luego llegó el nico-pierolato, con su recalcitrante prontitud a la confrontación. Luego Cáceres. En fin. Cada uno, a como pudo, fue labrando una leyenda. Eso me lleva a algunas reflexiones: el vencedor es el que escribe la historia. Esta frase la acuñaron los egipcios y ha trascendido incluso en las leyendas vikingas: un hombre se considera rico mientras otro pueda escribir su historia. Desde la rebelión de Tupac Amaru hasta las primeras luchas republicanas, nos hemos basado en muchas leyendas, encumbrándonos a mártires, líderes, pensadores. Pero a veces la realidad es mucho más gris de lo que queremos ver.
Llegó entonces el año de 1884 cuando las publicaciones sobre los descubrimientos de Koch, Pasteur y Lister llegan a las aulas. Las novedades sobre los procesos patológicos dependientes de microorganismos patógenos inundaron el pensamiento científico que venía de Francia, de una Europa que se preparaba para la gran feria de ciencias de Paris y de Londres, de una Europa que daba aportes cada mes a la ciencia. Fue una gracia, a veces pienso inmerecido, que nuestro Perú se beneficie de tales novedades. Para aquel entonces nuestro Daniel debió haberse motivado a realizar alguna proeza de tamaña envergadura.
He allí que puedo colegir que Daniel aún era de aquellos muchachos que se dejaban llevar por las emociones de moda. Más aún cuando, en un contexto social dismórfico, la academia libre de medicina, fundada en 1885, convoca a un concurso sobre la verruga peruana, mortal enfermedad, que en una época aún pre-antibiótica, cobraba las vidas de muchos trabajadores en las alturas de la Oroya. Aquí tenemos el motivo. Un concurso.
Pues en un anonimato social, endulzado por las ideas científicas, tenemos a un Carrión que se aventura, junto a sus amigos a realizar la inoculación de la secreción de la verruga de la paciente Carmen paredes. El resultado es harto conocido. La muerte le sobrevino con delirios, febriles devaneos pre mortales, por lo cual se colige que la famosa arenga a la continuidad de sus estudios no fue escrita o dictada por su lóbulo frontal. Tal vez fue el de un espectador anónimo que se inspiró en el fenómeno Carrión.
A Carrión le vino la gloria póstuma. Y hasta el día de ayer no entendía el porqué se le llamaba mártir. Pues bien. Recordé que hace un año, mientras paseaba por el panteón de París, ubiqué la tumba de Marie Curie, la científica polaca, luego radicada en Francia, que descubrió la radiación. Sus estudios con el elemento Radio posibilitaron el avance de la ciencia. Tanto que durante su vida recibió dos premios nobel, en física y en química. Pero la forma de trabajo de Marie era, ahora, a nuestros ojos, bastante descuidada. La sobre-exposición al Radio le llevó a una anemia aplásica en avanzada edad. Esta forma de trabajo, científico, metódico, pasó por alto la novedad, y la peligrosidad de un hecho: la acción de las ondas sobre la materia.
Carrión, sea por la novedad, como por el afán de obtener una reivindicación obtuvo la unidad clínica que cierra el círculo entre dos entidades nosológicas, para obtener un mismo origen. Su aporte no fue reconocido sino hasta después de su deceso, primero por el miedo de sus profesores al haber permitido que un estudiante de medicina se inocule un patógeno. Y segundo, su imagen fue usada por el civilismo científico para alcanzar notoriedad. Sea cual fuese el camino que él mismo trazó, su trascendencia perdura por los siglos.
Y para finalizar, mis estimados colegas, aprovecho para hacer un llamado a las nuevas generaciones. La medicina es un terreno agreste. Necesitamos más investigación. No la de copiar-pegar, sino la de análisis de datos y conclusiones que aporten. El Perú no figura en ninguna área científica, salvo en matemáticas donde tenemos dos genios renombrados en los últimos tres años. No nos conformemos con pasar la página. Necesitamos actuar. No con un exagerado positivismo, que al final es usado por quienes buscan el poder para justificar que todo está bien. Sino con una actitud de lucha por nuestra propia salud, por una remuneración digna, por un justo descanso. Me pareció curioso que el mes que hice horas extras fue el mes que mis hijas bajaron su rendimiento escolar. Aquel tiempo que invertimos en conseguir más dinero puede ser el que más necesitan quienes nos sobrevivirán. Y al final no fue remunerado. Vicisitudes de médico CAS dicen algunos. Vicisitudes del seguro dicen otros. Simplemente cosas de la vida dicen todos.  No podemos andar peleando entre nosotros, siendo del mismo rubro laboral. Me pareció curioso que luego de haber ganado el segundo puesto en concurso de cuentos del colegio médico, un colega me diga que la publicación de mis relatos fue por “vara”. Y eso que me publicaron cinco, Si le digo que hubo otros a quienes les publicaron once se desmaya o saca un centímetro para medir la vara. Basta de mezquindades. Somos médicos. Somos humanos. Vivimos, tenemos familia, tenemos padres, tenemos seres a quienes amamos. Por ellos, y por nosotros hagamos más investigación, como la hizo Daniel Alcides Carrión, y dejémonos de mezquindades improductivas.
Celebremos hoy, como si Carrión estuviera en este auditorio, y fuera parte de nuestro amado gremio.
Feliz día de la medicina peruana, queridos colegas.

Muchas gracias.