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sábado, 28 de septiembre de 2013

Viaje al paraiso: Reserva paisajística Nor Yauyos - Cochas (rutas extremas)

Este post pretende recoger las experiencia de primera mano sobre el viaje que emprendí hacia una reserva natural en el sureste de Lima. Citadino de necesidad, pero aventurero de vocación, decidí emprender camino hacia los paisajes de nuestra sierra limeña.

Equipo: se recomienda movilidad propia, de preferencia una buena camioneta con tanque lleno. Llevar, si es posible (pues nos hizo falta) una galonera llena porque en la zona no hay grifos. GPS o un buen mapa de rutas. Abrigo, es necesario. No hay que confiar en los climas cálidos de la costa. El cambio de temperatura es rápido.

Lo primero es llegar a Lunahuaná. Allí se recomienda almorzar bien, abastecerse de combustible, y preguntar todo lo que se pueda. Si es la primera vez que hacen esta ruta (como el que les narra) es bueno llevar una esposa que te anime a seguir o que diga "ya llegamos aquí, sigue nomas" (con sonrisita). Además debes llevar harta paciencia pues, si vas con niñas llevar sordera súbita para las clásicas "¿ya llegamos?". Si alcanza el espacio llevar una suegra que sepa quechua para que ayude.

Distancias:
De Lima a Cañete: 140 km
De Cañete a la reserva: 148 km
De la garita de la reserva a Huancaya: 12 km (trocha carrozable)

Partimos a la aventura. La carretera es de doble vía hasta el pueblo de Zúñiga. Hasta allí puedes avanzar digamos que rápido. Pero esto sólo es hasta el kilómetro 60.
Hasta allí pasamos por San Jerónimo, Uchupampa, Romaní,Pacarán y Zuñiga.

Luego, los 90 kilómetros restantes debes hacerlos con mucho cuidado. ¿Porqué? Pues es la carretera de un solo carril más serpenteante que he visto en mi vida. Es un terreno difícil con la característica de badenes en cada pueblo. Si bien la señalización es buena pero no confíes en que los demás choferes tienen el mismo cuidado que tú. Cuando dice TOQUE EL CLAXON, hazlo. La proximidad entre cerro y cerro dificulta la visualización. Para subir se debe tener en cuenta que es un cañon labrado por el caudaloso río Cañete. Aquel día hubo un sismo de 6,9 grados lo cual desprendió rocas de los cerros. Por suerte no nos pasó nada malo.
Las bifurcaciones no están bien señalizadas. Desde Machuranga hasta Tinco Alis el camino es difícil. Pero lo difícil estaba empezando. En Auco nos propusieron guiarnos si los jalábamos hasta Huancaya. Dado que no conociamos a los lugareños no accedimos.

Cuando llegamos a Tinco Alis un amable guardapaqrque nos dijo que nos faltaban "sólo 12 kilómetros hasta allá".
-En una horita estás allá.
Vimos a un señor que caminaba cerca de una laguna color turquesa.
-Señor ¿falta mucho para Huancaya?
-¡Aquisito nomas! Cruzas el cerro y ya está.
Noté que mis palabras cambiaban. Las frases empezaban con impetú, luego tomaban una leve pausa y guardaban su ínfimo hálito para el final. Era la falta de oxígeno. Deberíamos estar a 2500 msnm.
Ya eran las 5 pm y la luz nos abandonaba. Las chicas habían llegado al límite de su paciencia. Me dolían las piernas de tanto manejar y los precipicios invitaban a paralizarse. Hubo un momento, casi faltando cinco kilómetros, en que tuve un serio bloqueo mental. ¡Era mucho! ¡Mis hijas llorando! ¡Sólo vacas con sus ojos verdosos! Pero de pronto vimos al mismo viejito caminando.
-Nos ganó el abuelo.
Eso me dio fuerza. Luego una pareja en moto se refrescaba en una catarata.
-¡A Huancaya!
-Ya llegaste. Ves ese pueblo. Pasando está.
-Gracias.
Llegamos a Vitis. Y unos lindos niños nos recibieron acompañando la camioneta hasta la salida del pueblo. Eran la esperanza. A las 7pm llegamos a Huancaya. No vimos más allá de los reflectores de la plaza de armas. El frío y el oxígeno nos invitaron a buscar refugio pronto. El hostal municipal nos abrigó. Se escuchaba el río de fondo. Caímos en sueños de cansancio, dominados por el latir de las sienes, entre la nausea de la altura y la novedad.
Al amanecer escuchábamos el río tan cerca que nos emocionó. Fuimos a una posadita amable cuyos moradores ofrecieron a su hijo de guía. Nos pareció impropio fustigar al niño con nuestro apremio. Comimos lo que se pudo y nos dispusimos a caminar. Al llegar al final de las callejuelas el creador mostró su magnificencia. Centenares de caídas de agua color turquesa, una a otra. Patos silvestres en las lagunillas y puquiales, totorales y el sol anunciando su llegada. Las hierbas se teñían de oro y el río parecía ser un flujo del precioso metal. Nunca había visto tantos tonos de agua en un solo lugar. Es un espectáculo que vale la pena vivir. Los puentes coloniales, de piedra y esfuerzo le dan el toque preciso a la zona. Le da un aroma a leyenda.
En aquellos instantes aproveché para conversar con el Dios de los hombres y le agradecí por el permiso de llegar tan alto, tan lejos y con tantas dificultades. Vale la pena el viaje. Vilca, unos kilómetros más allá es más hermoso aun. Para aquellos que gozan de los recursos hídricos es un destino precioso.
Recomiendo ir como mínimo dos días a la reserva y así poder disfrutar de tanta maravilla junta.




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