Google+ Followers

sábado, 31 de marzo de 2012

Vértigo - un cuento de Carlos Vera Scamarone

                                                                   dedicado a Gonzalo Málaga



Ojos apretujados. Es de noche. El viento silba en sus oídos. Parado sobre algo aún no se atreve a mirar. Sus manos palpan una superficie lisa sin fin. La cabeza y espalda se enfrían al contacto del duro concreto. Un cansino dolor le recorre el dorso y quiere moverse hacia adelante. Estira un poco el cuello y un violento vértigo le lanza hacia atrás. Abre los ojos. Su primer reflejo fue echarse atrás para evitar resbalar de la cornisa.

Treinta centímetros lo separan del vacío. Las citadinas luces a lo lejos le ponen al tanto. Debe estar varios cientos de metros sobre la ciudad. Luces en movimiento y el lejano sonido del tráfico. Un avión surca el cielo con centellantes luces. No se atreve a mirar abajo. Las mangas del terno azul le vuelan como banderas al viento. Los borbotones de furibundo aire por momentos se escurren como olas en su nariz y le ahogan. Debe entrecerrar los ojos para poder ver. El cabello se le desordena con las ráfagas de ventisca. La corbata le ajusta y le dificulta respirar.

“Cálmate” – piensa - “Es solo un mal sueño. Pronto despertaras en tu cama”. 

Aunque no puede ver sus zapatos, los siente húmedos. Con temor, gira lento la cabeza a la derecha y ve que la pared termina a unos centímetros. Luego gira a la izquierda y lo mismo. No quería mirar hacia arriba por temor a perder el equilibrio y caer al vacío. Las arterias del cuello le laten con fuerza. El corazón parece salirse del pecho y con cada bombeo le empuja hacia adelante. Tantea con la punta del zapato y siente el milimétrico límite que lo separa de una caída libre. Un escalofrío le recorre el cuerpo desde las rodillas hasta la nuca.

Las piernas se le acalambran. Un ligero vahído le impulsa hacia delante y logra ver el lejano suelo cientos de metros abajo. Miles de faros de autos pasan como luciérnagas ordenadas en fila. Las manos le bailan en el aire intentando retomar la dolorosa posición. Lo logra. Casi. ¿Eh? Agitado y con los ojos desorbitados toma aire en bocanadas. Una lágrima se le escurre por la mejilla. Por ser de noche nadie lo ve parado en aquella cornisa. Está solo. Empieza a calcular. Sus zapatos miden casi treinta centímetros. Las paredes a los costados no tienen ventanas. Es decir que está parado en uno de los últimos pisos de algún edificio. Teme mirar hacia arriba pues puede caer.

Por la velocidad de los autos juzga que son más de las diez de la noche. Se apretuja  más a la pared. Cierra los ojos. Quiere despertar pero el mareo le obliga a abrir más los ojos.  La saliva se le vuelve espesa.

¡Auxilio! - se le escapó con un sollozo. El viento silba. Silencio en lo vacío. Miedo. Mira hacia arriba y ve una interminable pared. “¿Dónde estoy?”.

Las preguntas aparecen lentas. “¿Cómo llegué aquí?” piensa.

No hay neblina, así que debe ser febrero o marzo. La noche era despejada y sin luna. Debería ser un día a fines de marzo. Recuerda que estaba sentado en el bar bebiendo unos tragos con una hermosa desconocida. Ella dijo - ¿No tienes miedo? Cierra los ojos y ábrelos-. Y entonces sucedió. Estaba parado en esa cornisa.

El fuerte viento empieza a tornarse frío. Las rodillas duelen. Caería. Solo era cuestión de cuándo y contra que chocaría al morir. Morir. Esa lejana palabra ahora tan presente. Una femenina voz se escucha a lo lejos.

-¡Eh! Usted.

-Auxilio. Auxilio. Me voy a caer. –grita. Luego, un prolongado silencio.

-Señor, Tírese. No hay salida- se escucha. La voz parece venir desde arriba.

-Me voy a morir si salto. Ayúdeme-. De pronto un pequeño objeto duro le golpea en la cabeza y rebota al vacio. Sus ojos siguieron el objeto hasta caer y casi pierde el equilibrio. La respiración se le agita frenética.

-Está loca. Me va matar- grito desesperado.

-¿No recuerda? Usted dijo que su vida era una mentira. Bien. Le ofrezco despertar. Pero debe hacer algo por mí. ¿Escuchó?

Era la voz de una mujer joven. Parece recordarla. Era la joven del bar.

-Sí. Te oigo. Lo que quieras.

-Responda ¿Por qué los hombres son infieles?

El hombre quedó pasmado con la pregunta. ¿Por qué ser infiel?

-No lo sé. Por favor ¡Ayúdame!

De pronto un recuerdo le vino. La hermosa joven le dijo que su cara le parecía conocida. Que le recuerda a un amigo de su esposo. Al verla tan sensual quiso convencerla de que las coincidencias o apariencias no importan cuando de diversión se trata.

-Bien. Para ayudarlo debe saltar.

-No. Me mato.

-Salte. Es la única forma de despertar. Además ¿Qué dirá su esposa si llega sin anillo?

El hombre de inmediato palpó sus manos, cada dedo con rapidez. No estaba su aro de matrimonio. Recordó entonces que lo escondió de la vista de la fémina para el libidinoso cortejo. Cuando le acarició las piernas ya no lo tenía.  Fue en ese momento que la joven le pidió un coctel. Luego se marcharían al hotel a degustar de las pasiones que solo una veinteañera desata en un cincuentón. Para cebar el efecto de despecho el hombre relataba que su vida era miserable, que le iba mal en el matrimonio y que pronto se divorciaría.

-No se arrepentirá señor Medina.

“¿Cómo sabe mi apellido? Debió sacarlo de mis documentos. Pero ¿y si es un sueño? Ella es la esposa de Maco. Guapa la muchacha. Ahora me estoy culpando por desearla. La esposa de mi mejor amigo. Debe ser una pesadilla.”

-Allí va su anillo.

De los dedos de la joven se deslizó hacia el vacío el dorado anillo de matrimonio de Medina. El hombre vio como la joya pasaría cerca de su mano izquierda. Se estira y cae al vacío. Mientras su pesado cuerpo es llevado por la gravedad hacia el encuentro con el asfalto, sus manos, en frenesí, intentan en vano aferrarse a algo. El anillo se pierde en la oscuridad. El cuerpo de Medina se pierde en el vacío de la noche citadina. Desde lo alto del rascacielos la joven mira la escena.

-Tan viejo y creyendo en sueños-. Entre dientes la joven comenta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario