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lunes, 27 de febrero de 2012

El Jirón Quilca 1995-2001: la Resistencia Cultural

Todos celebramos la caída del terrorismo. Sin embargo algo anduvo fuera de control durante los 90 en el Perú. Bajo la excusa de cuidar a la sociedad de los terrucos se regó con soldadesca las universidades y las calles. Al final, contra los cachaquitos jugamos pichangas en San Fernando. El terrorismo cesó pero empezó otra agresión, más letal: la siembra de ignorancia. Para ello, la estupidización sistemática era necesaria. La década de gobierno de los 90 fue una larga y fría noche para la cultura en general. Operó la maquiavélica estrategia que arrebataba la duda primigenia a  las noveles mentes. Los titulares de morgue y las carnosas calatas tapizaban los quioscos de periódicos. La televisión se tornó una fétida cloaca a donde iba a parar la desnaturalización de la sociedad, o al menos lo que querían dar a como cierto. El amancebamiento de la prensa y los genuflexos medios de comunicación reclutaban rebaños mansos que se fueron perpetuando, decenas, cientos y miles de veces. Tal vez muchos de esos productos hoy forman parte de ignorantes y noveles partidos políticos.
 El jirón Quilca allá por 1995 se convirtió en un bastión de resistencia cultural. Por la transitada calle han desfilado cientos de poetas, escritores, pensadores e intelectuales de la época. No califiquemos de acuerdo a la facha pues se puede hallar mucha más sabiduría en un greñudo estrafalario que en un robotizado y encorbatado empleado fabricado en serie. Fue así que un grupo de esquizoides “anarquistas” fue gestando un lugar propicio para la desintoxicación de aquella macabra creación llamada realidad peruana.
Muchos callaron y quienes  se opusieron fueron perseguidos de las maneras más ruines. Se les calumnió, acusó y se les desapareció de tal modo que el orden criminal prevalezca.
Por ese entonces tenía yo unos escasos 21 años. Como llegamos hasta allí aun no me queda claro pero nos colocamos en una butaca selecta. Nos parapetamos en plena avenida La Colmena entre tristes lágrimas y suspiros de alivio.
La nueva casa no era tan nueva. Sería el escenario perfecto para una película de la primera guerra mundial o de inicios de la época republicana. En fin, nos cobijó entre sus sólidas y vetustas paredes de concreto; aquel viejo solar fue fortín ante calamidades y arremetidas sociales. El conserje, un tal Lazarte (aunque le decíamos “Ensarte”) nos advirtió que la zona era un “poquito belicosa”. Sus habituales visitantes eran un dechado de infortunios y huracanes. Teníamos un aguatero que ante la sequía nos proveyó del líquido elemento. Había lindas señoras meretrices de todos los tipos, desde las conversadoras y maternales, a las metalizadas que te dicen “¿Ya terminaste?”. Fuera había algunos amigos de lo ajeno que nos mimetizaron entre su fauna y poco más nos volvieron parte de la familia. Y la familia es sagrada. Con la familia nadie se mete, sino chocas barrio. Aún no llegaban las épocas de “batería seria”.
Desde el techo del edificio pude observar el incendio del teatro municipal, del banco de la nación, la erradicación del comercio ambulatorio por Andrade, la reforma de la plaza San Martín, las hordas de la CGTP, una procesión del señor de los milagros y hasta una orgía oriental (como voyerista). En aquel solar nos desvalijaron la casa dos veces, me enamoré dos veces, dos veces me declaré en la plaza San Martín y dos veces me rechazaron. Dos veces comí hamburguesas de carne y cartón en la esquina, dos veces me cogió una extraña fiebre y dos veces hice mi testamento con legado de películas a mis amigos. Dos veces me robaron la mochila y dos veces fui a “la cachina” a recuperarla.
Camino a casa era el instante preciso para poner en práctica la reflexión. Estudiaba medicina en el longevo San Fernando, que corona la avenida Grau, así que el tránsito y el sentido me llevaba. En esas idas y venidas me desviaba hacia Quilca y fue en el año 1995 en que obtuve, por recomendación de un vendedor de vinilos, una copia de Loreena mcKennitt. Las sombrías melodías de la canadiense fueron una revelación. Sin necesidad de la efervescente estridencia del metal se podían obtener alegrías con el día a día. Recuerdo que llegué a la facultad emocionado por escuchar a McKennitt (como suena) y una amiga (que hoy está en los estados unidos) me corrigió: es Lourrina McKenat (como suena). Carajo, que se pronuncia “Makenit”. Años más tarde la misma Loreenna me lo aclaró. Se pronuncia “Makenit”.
En un canchón del Jirón se improvisaban recitales de poesía los viernes en la noche. Por allí desfilaron muchos poetas anónimos y no dudo que tal vez muchos de mis actuales amigos escritores  fuesen ese anónimo público adolescente que llenaba de manera taurina ese lugar. Si los cronopios existiesen serían como ellos.
Fue así como ese mismo año llegó a mis manos un pasquín gore “¿Tienes dientes?” Revelador a la vez. La resistencia cultural estaba viva. No había desaparecido. Se había ocultado para no ser devorada por la hecatombe de la dictadura.  Y resultó.
Hace unos días participé en el II congreso de escritores de literatura fantástica y ciencia ficción peruana. Con regocijo y beneplácito observé una ponencia sobre el gore en el Perú. Proyectado sobre el ecran apareció como un recuerdo vivo “¿Tienes dientes?”

La energía que me invadió solo se compara con un orgasmo de ideas. Cientos de buenos recuerdos se apretujaron en una fracción de segundo pugnando por saltar del asiento y decir “yo estuve allí”. Pero callé con una sonrisa a medio lado.

Fui testigo de la única movida cultural de la década del 90. Fui parte del público que acudió, en aquel entonces, a ver a los Mojarras, que compraba discos pirata para ponerse al día con la movida mundial, que dudaba de los titulares, que no se dejó convencer del pesimismo de la prensa y la televisión manipulada. Fuimos resistencia y seámoslo siempre.
Viva Miguel Det.

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