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martes, 31 de enero de 2012

HISTORIAS SOBRE RUEDAS por Joel Ñufflo Hoyos

Presentacion del autor: mi amigo

Joel Ñufflo Hoyos


Joel Ñufflo Hoyos. Nació un 12 de marzo de 1976, dicen que es pisciano, pero eso suena muy maricón. Prefiere el calendario chino, por tanto es un dragón y un dragón de fuego. Es sanmarquino y sobre todo sanfernandino. Trabaja en sus ratos libres y es un aficionado a la salsa.



El resultado de vivir en una ciudad donde las personas compiten por las buenas o por las malas, es que desarrollas estrategias para protegerte, así como para competir de vez en cuando también. Que no se “pasen de vivos” y que puedas convivir con las enseñanzas de tus padres, sin decepcionarlos, y que al retorno a casa tu integridad este lo suficientemente conservada para que quienes te dieron la vida no se preocupen en demasía. Al menos no darles una preocupación adicional. Ya era bastante con coches bombas, atentados, asesinatos y demás vicios de la época de la adolescencia.

La famosa ley de la selva, en una selva de cemento… Siempre había que competir de alguna manera una o varias veces al día. Bajo esta premisa la fuerza es el argumento que se impone sobre la razón, la inteligencia y sobre todo el arte.

Salir de casa no era un problema. Los vecinos te entrenaban de alguna manera, tanto por imitación como por las cosas que te contaban, sus experiencias individuales, de las cuales en nuestra adolescencia cincuenta por ciento eran ciertas y cincuenta por ciento eran fanfarronerías o cosas inventadas. Personalmente no podía diferenciar muchas veces cual era realidad y cual era fantasía o exageración de lo que realmente ocurrió.

Hubo muchas cosas que aprendí, pero dentro de las cosas que aprendí sin que tuviese un maestro, o pudiese aprender por imitación, era el arte de viajar en un micro…. Sin pagar pasaje. La adolescencia tuvo carencias y ahorrarse unos centavos era vital para poder invertir ese dinero en otras cosas, la gaseosa, el siguiente pasaje, o el almuerzo incluso. Para no pagar pasaje, de todas maneras había que tenerlo, en el caso de que las cosas se compliquen. Finalmente el honor hay que salvarlo… y nunca perderlo obviamente.

Las estrategias desplegadas eran varias, la primera era subirse a un carro y luego de avanzadas algunas cuadras preguntar disimuladamente si iba a tal o cual sitio. – Baja no más huevón – te decían. Muchas veces ya había llegado al destino otras veces repetía la operación un par de veces y con líneas de autobuses distintas, para no “repetir” el cobrador, el hombre de la cutra, de los insultos y de las mentadas de madre.

Otra estrategia era subirse al autobús y sitiarse en determinada ubicación, pasado buena parte del viaje, cambiar de asiento o de pasamanos, claro con complicidad pasiva de gente desconocida, que ni siquiera imaginaba para qué cuernos cambiabas de lugar. El objetivo, cambiarle el esquema mental del chofer y del cobrador, a más información su memoria ejecutiva colapsaba, eso sin considerar otras variables como el coeficiente intelectual de los tipos en cuestión. Dentro de esta estrategia había otra desplegada, solicitar al desconocido que había anunciado su descenso del micro un favor peculiar – “Tío su boleto por favor”… algunos te deban su boleto, otros no. A veces dependía de la temperatura del ambiente o cuán cómodo se haya sentido el pasajero. Si eso no funcionaba la búsqueda de un boleto en el suelo también era útil, sin embargo había que cotejarlo, de repente la serie “ya no correspondía”, y como dije anteriormente había que salvar el honor, es decir si había duda de la veracidad del boleto, exigía que sea cotejado.

Ya en la universidad las estrategias se volvieron más elaboradas pero tomaban en cuenta los mismos principios. La carencia obligaba, y otras veces la oportunidad de demostrarse que podías “viajar gratis” se imponía. Es cierto que la mayoría de veces pagaba el pasaje. Pero había una suerte de motivación especial, algo que estimulaba la dopamina. Si el cobrador o el chofer eran más matones o más malcriados con las personas, más me provocaba burlarlos sin que se den cuenta. Algunas veces tuve la osadía de exigir mi vuelto, siempre perturbando la capacidad de almacenar información de un cerebro endeble. La ley de la selva era vulnerada una vez más a expensas del incremento de violencia e intolerancia de la ciudad en que vivía. La estrategia elaborada? - Las monedas de cinco soles eran semejantes a las de dos soles -  Además era conocida la displicencia de los cobradores de transporte público con los universitarios, nos llamaban “plomos”, “medio” y todos los pasajeros se enteraban de nuestra condición estudiantil. La displicencia o maltrato consistía en demorarse en dar el vuelto. Verificado que el cobrador hubiese recibido monedas de cinco soles y que se “deshizo” de tu moneda de dos soles, era el momento preciso de exigir tu vuelto…. Algunas veces con policía cerca…. Las faltas no daba boleto al universitario y no dar el respectivo vuelto. Cobrador contra las cuerdas una vez más, y la gente del micro cuales espectadores se ponían del lado del más débil y presionaban porque se solucione el impase lo más pronto posible para continuar su ruta. San Fernando a la vista y lidiar ahora con otros delincuentes, esos que te correteaban o te pretendían seguir si pensaban que tenías algo de valor en la mochila.

Los años fueron pasando y la delicia de poder demostrar la habilidad de viajar en microbús sin pagar el pasaje se volvió todo un arte. Casi efectividad del cien por ciento. También es cierto que conforme fueron pasando los años la frecuencia disminuyó notablemente, pero el porcentaje de efectividad fue superior. Leyendo un libro, haciéndose el dormido, poniendo cara seria, poniéndose cualquier boleto entre los dedos (ya no importaba si era de la misma empresa de transporte), cambiando también de lugar, subiendo con chaqueta de médico y dentro de la combi de la muerte, sacándose el guardapolvo y poniéndose los lentes, para cambiar la apariencia del individuo que subió minutos antes, bajando del micro hablando por celular es una estrategia que invoca al temor de interrumpir a una persona ocupada.

En fin, los choferes y los cobradores, muchos de ellos individuos violentos y poco cordiales me han maltratado muchas veces es cierto, pero puedo dar fe de que todas las veces que me propuse reivindicar el maltrato de manera silenciosa pude hacerlo, no es algo de que me vanaglorie, ya que  puede ser considerado poco cívico no pagar el pasaje o lo que corresponde por un servicio prestado; no soy prefecto, nunca lo seré. En muchas tertulias he comentado que definitivamente no iré al cielo, pero tampoco el infierno, y si hay que ir en combi…. Tampoco pagaré pasaje.

La última vez que puse a prueba las “estrategias” fue hace un par de semanas. Y fue la más osada, con chaqueta, logo de mi centro de trabajo, identificación personal en el uniforme. Luego de eso no se cómo ser más osado, tal vez “pagándole” el pasaje a un desconocido, de la misma forma como me ayudaron personas anónimas en mi adolescencia y juventud.

3 comentarios:

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  3. Con la misma vara que usted mide serás medido. Tenemos 2 opciones de ir al cielo o al infierno no hay otra. No crea que tiene LA VIDA COMPRADA, si tenemos que morir hay que hacerlo salvados y NO CONDENADOS parece que todavía no sabe lo que es enfrentar y estar cerca de la muerte. No juegue con los combis NO PAGANDO PASAJE - ESA ES UNA VIVEZA CRIOLLA - FALTA DE ÉTICA PROFESIONAL ¿QUÉ SERÁ SU DEMÁS DESARROLLO DE VIDA?...?

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