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martes, 5 de julio de 2011

La Parabola de los Árboles

Por Dr. Carlos Vera Scamarone


Un hombre casado, con algunos años en su trabajo llegaba a su casa por las tardes. Vivía en una zona alejada de la ciudad, donde la campiña se perdía entre cerros y el valle. Circundando la casa había varios árboles de diversa talla, algunos almendros, eucaliptos, molles y uno que otro pino. Estos árboles guarecían de los vientos helados y de las lloviznas la pequeña casa.

Un día cuando el hombre llegó del trabajo, luego de tener un mal día, su señora le dijo que faltaba pagar las cuentas de luz y agua además que su hijo se había roto el pantalón de colegio. El hombre, al recibir tantas noticias a la vez, se las guardó. Su ceño fruncido cargaba una cólera grande. Cogió un hacha y salió de la casa. Media hora más tarde volvió tranquilo y sudoroso. Se sentó a la mesa y le dijo a la mujer que coja dinero de los ahorros para pagar las deudas y que el zurciría el pantalón del niño.

Tiempo después, luego de volver del trabajo, su hijo le dijo que había desaprobado matemáticas y que era posible que desapruebe el año. Su señora se acercó y le dijo que no ponía de su parte para que el niño estudie. El hombre nuevamente se tornó colérico. Miró a su esposa y su hijo, cogió el hacha y salió de casa. Media hora después retorno tranquilo, sosegado, y se sentó a la mesa junto con su hijo. Le dijo que debía estudiar una hora más de matemáticas al día si no quería desaprobar y que repasarían juntos.

El invierno ya se acercaba, los vientos eran cada vez más fuertes y había polvaredas que ensuciaban la ropa. La señora le dijo a s esposo una tarde de invierno:

“Gilberto este invierno es más frio que los otros. Mis amigas del mercado dicen que no sienten mucha diferencia pero yo sí. ¿Qué estará pasando? La llovizna mancha la ropa cuando viene con polvaredas.”

Esa tarde el hombre salió de su casa a divisar las nubes y se percató que ya no estaba la arboleda que los protegía. Los molles, los eucaliptos y los pinos estaban talados desde su base. La arboleda protectora se había esfumado. El hombre miró dentro de su casa y vio el hacha. Miro fuera de la casa, y dijo:

“Todo es culpa del hacha. Si no estuviera a la mano, nada de esto hubiera pasado. Maldita hacha”. Así siguió su vida, esperando que mejore el clima o que crezcan nuevos árboles.

El Huayco: Una Metáfora Terapeutica

Por Dr. Carlos Vera Scamarone

En un lugar cercano a un pueblo, vivía un señor campesino. Su casa, hecha de adobe, palos de eucalipto, e ichus (1) se escurría en la falda del cerro cercano cuya pendiente daba directamente al río. Sus ovejas y vacas estaban también en un corral empinado, de difícil acceso. Era soltero, hijo de una viuda joven que ya había fallecido. Cerca de su casa estaba el pueblo, ubicado en una extensa planicie verde, rodeada de eucaliptos, del rio manso y curvo, con sus cantos rodados que rugían como un ejército de vacas marchando. El alcalde y otros vecinos habían invitado a este señor, repetidas veces, a mudarse a una parcela en el pueblo. Iban varias veces que el hombre perdía su casa y los animales por los huaycos (2) que se escurrían por la pendiente hacia el rio. Pero, en terco afán, volvía a levantar su casa a duras penas, en la misma ladera donde pasaban los huaycos (2), revolviendo las piedras, los bienes y las tristezas.

“Don Porfirio, vengase al pueblo. La comunidad le da una casa con título de propiedad reconocido y todo. Hasta le ayudamos a traer sus animales” le decían de mil formas intentando remover la conciencia de aquel testarudo hombre.

“Es que es el terreno de mi madre, no lo puedo dejar, es un recuerdo, además ya no va a pasar el huayco por aquí, le he puesto una muralla de pirca alrededor” se excusaba una y otra vez cada vez que le invitaban a vivir cerca al pueblo.

Así pasaron sus días. Esquivando los aludes de la madre naturaleza, esquivando su realidad, evitando cambiar.

(1) Ichu: vegetación similar a los pajonales

(2) Huayco: alud