viernes 30 de diciembre de 2011

Bitácora infame: Este año que se va


Este año que se va dejó sus propias luces y también dolorosas sombras. Si se pudiese, y no niego la posibilidad, hacer una novela de este pleomórfico año sería lo más parecido a una comedia agridulce o un drama hindú, de esos a los que nos tiene acostumbrado el cine. Quiero resaltar que este año he notado mi facilidad innata para hacer enemigos gratuitos. Es fácil, para mí, ordeñar la ubre del sarcasmo. Las redes sociales sirven no solo para chismear sino también para enviar las espuelillas que no me atrevo decir en público por recato o cobardía. Gracias a ello, he llegado a la conclusión de que mi barriga llama más la atención que mis buenas nuevas. Para ello, y no menos importante, debo resaltar el gran carcaj que mis amigos (o enemigos) llevan colgado en la espalda. Gracias a eso he descubierto que tengo un imitador gratuito. Paso que doy, o sonoro reverberar estomacal que dejo escapar de las nalgas (léase pedo) es de inmediato imitado, emulado o mejorado. Tanto que he llegado a pensar que soy yo quien lo imita. Para desmentir dicha afirmación debo resaltar que el criterio temporal es lo que me da el alivio de ser el primero.
Una alegría fue el observar la complementariedad entre mis dos princesas. El principio de la autonomía se da en la medida que el humano (aquel bípedo implume) se manifiesta para lograr sus objetivos. Mi pequeña precoz empezó el gateo y la caminata mucho más pronto de lo esperado. Adriana ostenta poses propias de una adolescente como procurar su arreglo personal; egocéntrica y a la vez romántica.
Por otra parte he descubierto que dentro de mí, casi casi a flor de piel, guardo un temor muy grande. No fue sino gracias a un enviado del infierno (o del cielo dependiendo quien gobierne las alturas) que descubrí mi temor a los males congénitos heredados por la edad y la ignorancia.  Descubrí que poseo una gran culpa (gratuita) por la pasibilidad con mi menor y tierna hermana con síndrome de Down. Cuanta falta me hace el retroceder el tiempo en mi máquina mental para rememorar las veces que nos salvamos de ser atropellados rumbo al colegio.
También aprendí que dar malas noticias no solo es potestad de los ministros de trabajo o de las suegras. Muchos médicos ejercen este insano deporte con una maestría propia de la parca o de un asesino en serie. Despotrico, mea culpa, de mi profesión pues pertenezco a esa estirpe galénica. Fue una gran nalgada la recibida y sólo el de arriba sabe porque no enjuicié a mi propio colega por daño psicológico. Supe que llevo en mí, oculto a luz de día, un lado psicópata que trama una venganza sin huellas. No me avergüenzo de reconocerlo. Sé que aún, cuando recuerdo los hechos, tejo una suerte de complot contra mi enemigo, el Moriarti de mis histerias.

He descubierto además que declarar el amor fuera de tiempo es lo mismo que tomar helado en la Antártida o lanzarse una sonora flatulencia en medio de un discurso. Suena mal y cae mal y encima te pasas la vergüenza de tu vida. Y me pregunto de donde me viene la vena suicida.

Dicho sea de paso, conforme pasan los años mi círculo de amigos se va reduciendo por esfuerzo bilateral. Están desde aquellos que sueltan la asesina frasecilla “cómprate un libro"  hasta las que me nombran un “acosador". Vaya que me ayuda la cara pero no la libido. Además, reconozco que este año he patentado la cara larga. Me siento más agotado que otros años. Sea por obesidad, o peor por obesidad de la tristeza, me cuesta más sonreír.

Ha sido un año de despedidas silenciosas, de llantos en el ropero.  Este año murió una amiga, una de esas personas que se hacen extrañar. Son de esa rara especie de inocentes que le dan sentido a la vida de otros. En este caso le dio sentido a la mía, si quiera por el tiempo que le vi. Lástima. Otro que se nos escapó fue el pequeño Bombón, un arrabalero perro “shit”- su,  capaz de trasformar el mundo desde su oloroso  tapete.

En fin, el año se va, y cada día se acepta la nueva grosa anatomía. Las guerras contra lo que sea solo sirven para calentar asiento en los conversatorios.  Dentro del alma de cada uno va la lucha del contra también. Pero un momento, si quiera un pequeño momento, en que es mejor dejar de mirar las olas de brea y mirarse al espejo y decir “te deseo un feliz año nuevo, es un nuevo comienzo”. Suerte, aunque sea de protocolo, para todos los cronopios y los famas de la humanidad. Que viva Cortazar y Ribeyro. Este año me daré más tiempo para comer rico sin temor a la gordura. Haré el amor más veces que el año pasado y sonreiré hasta que el cuero de la cara se me aje. Dejaré tontos trabajos y me acercaré más a las manos de la fantasía junto a mis hijas. Y cuando me digan que mis líneas son como las de un mal escritor seguiré dando trazos de tinta en respuesta. Muchas Gracias por venir.

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